Termina con mi monotonía

Parada en el balcón de su casa, Claudia observaba la lluvia caer. No apartaba la mirada. Ni siquiera se inmutó cuando su esposo la llamó.

“Amor, tu comida, se enfría.”

Claudia resopló. Estaba cansada de la rutina, de la misma comida, del mismo trabajo, los mismos días.

El aguacero parecía hablarle, pero no entendía qué le quería comunicar.

“Claudia…”

Su esposo estaba a su lado. Le apretó la mano.

Claudia sintió algo de paz.

No tenía dudas de que amaba a ese hombre, pero no amaba la vida monótona que estaba experimentando con él.

“Estoy cansada. Aburrida de lo mismo, cada día.”

Claudia pudo sentir cómo su esposo se puso tenso. Le soltó la mano. Pensó que sus palabras lo habían herido. Esa no era su intención, pero no sabía qué más hacer.

“¿Recuerdas el comienzo? ¿Nuestro noviazgo? ¿Los primeros años del matrimonio?” preguntó la mujer con melancolía.

Su esposo suspiró.

Él la entendía.

“Hacíamos cosas… diferentes. Como… ¿recuerdas aquella vez que bailamos toda la noche en la estación de gasolina?”

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Jorge rio con fuerza. Sacudió la cabeza.

“¿Cómo olvidar? Nos habíamos perdido en el camino. No pudimos llegar a la fiesta de mi trabajo. Cuando me detuve a llenar el tanque, sugeriste que tuviéramos la fiesta allí.”

Jorge le dio un codazo juguetón a su esposa.

“Creo que estabas borracha.”

“¡Oye!” replicó Claudia fingiendo estar ofendida. “No había bebido ni una gota de alcohol.”

Los dos permanecieron unos segundos en silencio, solo viendo la lluvia caer. Él le tomó la mano nuevamente.

El la entendía.

“Oh…”

Claudia sonrió al recordar.

De eso le hablaba la lluvia.

“¿Recuerdas mi cumpleaños, nuestro segundo año de casados? Habíamos decidido…”

“…tener un día de playa. Ese día llovía torrencialmente. Decidimos tenerlo de todas formas, bajo la lluvia.”

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Claudia lo miró divertida.

“Lo pasamos bien.”

“Lo pasamos bien” aceptó Jorge.

¿Y por qué ahora cada día que pasaba parecía tan igual al anterior? ¿Qué era lo que estaban perdiendo?

“Son los años. La costumbre. Las ocupaciones. Los niños” se respondió Claudia a sí misma en voz alta.

Jorge carraspeó la garganta y se movió un poco.

“No quiero ser de ese tipo de parejas” le dijo a su esposa.

Ella lo comprendió. Muy bien. Sus padres se habían divorciado a los 10 años de casados. Ninguno podía culpar al otro, porque nunca determinaron cuál de los dos se aburrió primero, ni cuál fue infiel primero. Por otro lado, los padres de Jorge aún estaban casados, un matrimonio de 40 años donde, los últimos 35, no habían sido más que compañeros de casa, ni siquiera amigos, y cada uno dormía en su propia habitación.

“Lo sé… Pero… honestamente… no sé… no sé qué podemos hacer” se lamentó ella.

Jorge apretó más fuerte la mano.

“¿Qué tal si comenzamos haciendo lo que ya funcionó una vez? Hagamos nuestra propia fiesta y bailemos sin música, bañémonos bajo el aguacero, creemos nuevas memorias.

Claudia sonrió.

“Sí…”

“¿Pues qué esperas?”

“¿A qué te refieres?” preguntó Claudia extrañada.

Su esposo ya estaba abriendo el portón del balcón.

“Ahora. Te invito a una pieza de baile bajo la lluvia.”

Los ojos de Jorge brillaban, traviesos, pícaros, llenos de ilusiones, como aquella noche en la fiesta imaginaria en la estación de gasolina, como aquel día en la playa bajo la lluvia…

“Jorge…”

“No tengo la fórmula secreta para reparar el daño que años de indiferencia y monotonía hicieron a nuestro matrimonio. Pero lo que sí podemos, es bailar bajo la lluvia.”

Claudia rio.

Jorge extendió su mano.

Salieron juntos, hombro con hombro.

La lluvia se sentía fría. El aguacero era tan fuerte que casi no podía escuchar lo que Jorge le decía al oído.

“Prométeme que siempre tendremos tiempo para bailar bajo la lluvia. Prométeme que tendremos tiempo para pequeños placeres, para las cosas absurdas, para nosotros dos a solas. Prométemelo hoy.”

Claudia agradeció a Dios que la lluvia ocultara sus lágrimas de emoción. Abrazó fuerte a su esposo, sintiendo la ropa húmeda pegada a su cuerpo. Le hizo la promesa. Y bailaron bajo la lluvia.

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No bailaron toda la noche, porque a los pocos minutos, uno de sus hijos se levantó y les gritó desde la cocina que había mojado la cama.

Pero fue suficiente.

Era un buen comienzo.

Terminaron su baile, regresaron a la casa y cambiaron a su hijo.

Pero Claudia cumplió la promesa, y aunque con altas y bajas, siempre siguieron bailando bajo la lluvia.

FIN

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